Maternidad subrogada, ¿estamos los españoles preparados?

En los últimos meses, se ha normalizado leer una noticia en la que un famoso comunica a través de redes sociales que será padre, o que ya ha sido padre, y todo ello sin que se le conozca pareja ni co-progenitor/a. Muchos lectores se escandalizan ante tales noticias, otros simplemente entienden que como no es su tema ¿qué más da? y otros, indudablemente, lo aplaudirán, como síntoma inequívoco de evolución social.

Imagen descargada de pixabay.com, bajo licencia Creative Commons CC0

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Resulta igualmente ilustrativo tal reflejo de una sociedad dispar y plural, sin lugar a dudas, pero no puedo dejar de intentar exponer el tema de un modo más redondo y con algunas notas que pueden igualmente resultar interesantes al lector para formarse una particular opinión.
En España, la ley que regula las técnicas de reproducción asistida (Ley 14/2006 de 26 de mayo) en su artículo 10 establece que «el contrato por el que se convenga la gestación, con o sin precio, a cargo de una mujer que renuncia a la filiación materna a favor del contratante o tercero es nulo de pleno derecho».

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Deja claro que si el contrato es nulo no causa ningún efecto en ningún sentido, con lo que la mujer que alumbre en ese caso será la madre sí o sí, siempre que esto ocurra en territorio español. Cosa distinta es que con una legislación complementaria de la anterior en casos de nacimiento, la que viene siendo la del Registro Civil, a través de una instrucción del año 2010 «Instrucción de 5 de octubre de 2010 de la Dirección General de los Registros y el Notariado» contempla la inscripción en el Registro Civil correspondiente español de niños nacidos a través de esta técnica siempre que el procedimiento se haya realizado en un país en el que sí tenga regulación esta técnica, siempre y cuando uno de los padres sea español y que exista una resolución judicial que garantice, entre otros, los derechos de la gestante. En la anotación registral no figuraría el nombre de la gestante.

Con esta regulación lo que ha conseguido nuestro legislativo es que solamente los que sí disponen de una importante cuenta corriente, para poder costearlo, puedan acogerse a esta técnica/modalidad. Ya que no muchos pueden permitirse viajar al otro lado del Atlántico por el norte o por el sur, contactar con una agencia «seria» y pagar todos los gastos que la misma exija para llevar a término el contrato.

Ciertamente aunque la maternidad/paternidad esté sobrevalorada para muchos, otros muchos humanos experimentan un deseo incontrolable en un momento determinado de su vida por perpetuarse a través de la prole. Precisan dedicar todas sus atenciones a un nuevo ser vivo que dependerá exclusivamente del progenitor/a, de transmitir todos su legado humano y patrimonial a «su sangre», «su descendencia», «su progenie». Es algo puramente instintivo pero, a veces, ocurre. Probablemente es una reacción química que se desencadena por la liberación de unas hormonas, aunque los especialistas dicen que no existe propiamente ese instinto maternal, en lo que sí coinciden es en el instinto de supervivencia que como colectivo tiene el ser humano. Quizá sea eso o quizá, simplemente, sea porque cuanto más evoluciona nuestra sociedad, más solos nos sentimos y más tendemos a luchar en contra de esa soledad. Sinceramente, los motivos son innumerables, pero, ¿y las implicaciones sociales?

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Hay francas diferencias entre las sociedades occidentales entre sí, pero si las comparamos con las sociedades en vías de desarrollo, simplemente pensarán que ideamos disparates básicamente porque podemos, porque tenemos nuestra supervivencia garantizada, entre otros factores. Lo que sí es de destacar es la diferencia igualmente existente entre las sociedades desarrolladas que viene determinada por aspectos puramente culturales y sociales. La concepción de un español frente a una técnica de reproducción asistida varía si se trata de una pareja heterosexual, un matrimonio, una pareja homosexual o un único progenitor. Diferente a la de un inglés y diferente, sin duda, a la de un norteamericano. De ahí que las regulaciones legales sean diferentes si nos movemos en un país o en otro.

En el caso español lo que se ha pretendido con la instrucción aludida es básicamente proteger los derechos de un nacido por encima del método por el que el mismo haya sido concebido. Una vez nacido se le tiene que dotar de la protección de un ciudadano. De ahí que aún siendo expresamente NULO cualquier contrato que se regule con esta finalidad, si se trata de nacidos españoles no se les va a dejar al margen de la legalidad en ningún caso.

Y ahora, con confianza ¿cuantos lectores estarían dispuestos a recurrir a cualquier método a su alcance para poder ser padres (si les fuera imposible tener hijos «propios») una vez que les brota ese instinto reproductivo tan primario? Sin duda ese instinto, y su intensidad, hará que seamos tan capaces de llevar hasta las últimas consecuencias nuestros actos.

Una vez sentado esto, ¿debemos plantearnos regular esta opción para la igualdad de todos sin que ello suponga un coste económico desproporcionado y con todas las garantías que el sistema puede ofrecer? o ¿nos planteamos el dilema moral de impedir que se pueda crear una red mercantil con el negocio de «creación de vidas humanas», impidiendo con ello, todos esos anhelos humanos de nuestros iguales?. Supone esta actividad, entre otros extremos, que hemos globalizado hasta la reproducción entre seres humanos de hecho. Está llegando el momento en el que la regulemos de derecho, aunque sea solo por dotarlo de unas mínimas garantías, o podemos seguir como hasta ahora, impidiendo de plano esta opción en la Ley de Técnicas de Reproducción Asistida y luego permitiéndolo, sin que nadie se entere, por la puerta de atrás con una instrucción. La hipocresía está nuevamente servida. Que cada uno elija su opción.

Publicado en Diario el Sol de Lorca el pasado 3 de septiembre.

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