El poder de un uniforme

Es increíble la sensación de poder que concede un uniforme a aquel que lo lleva puesto. Es incomparable. Nada te puede dar una sensación de superioridad igual.

Y da igual que el uniforme sea más bonito, más feo, con más pegatinas o mejores escudos. Da igual que representes a la más alta autoridad, al ejército o a un colegio. Es un identificativo. Un elemento diferenciador del resto. Te hace sentir más y mejor que los demás.

Por las calles de cualquier población se ve a gente uniformada. La simple visión de tal hace que asumamos que son autoridad, que le debemos respeto porque su función, en pro de la sociedad, está por encima de nuestras valoraciones. Su trabajo ha de ser respetado por todos, ya que no sólo merece un castigo la falta al mismo, sino que está plenamente justificado ya que se encargan del bienestar social. Es así, y así debe ser.

Pero no todos los uniformes representan dichos valores y, por tanto, no son merecedores de dicho trato. No es lo mismo un policía nacional/ local/ guardia civil/ bombero/ médico/ cirujano/ sanitario de emergencias… que alguien que lleve, por ejemplo, un uniforme de un equipo de fútbol (por muy famoso que sea), o de un colegio, ¿no?

Pues parece que no es así. En todas las localidades aparecen personas “no agentes de la autoridad” que se pasean cual “sheriff” del condado. Cuando se ponen su uniforme se transforman. Su mente cambia y salen a patrullar la ciudad. Arquean las piernas, sus pasos hacen oscilar su cuerpo de izquierda a derecha, siguiendo el ritmo de sus piernas. Con la barbilla levantada a unos 45 grados respecto del eje del suelo; ojos entornados desafiantes, observando todo desde la perspectiva que, por la posición de la cara, les ofrece la punta de su nariz. A un lado de su cadera, colgando de un cinturón, una especie de  walkie, y al otro una cosa rara, una maldita arma, su arma. Ambas puestas como si de los revólveres se tratase. Creen desprender un aire de John Waine o Clint Eastwood, pero lamentablemente son más cercanos a Torrente, aunque sin la gracia de este último.

Son los vigilantes de la zona azul, agentes de la O.R.A., o como se llame según el municipio. No son agentes de la autoridad, salvo que el Ayuntamiento así los nombre por Decreto, cosa que en casi ninguna localidad ocurre. Son trabajadores de una empresa privada que tiene un contrato con el Ayuntamiento en cuestión. Pero les da igual, actúan como si fuesen parte de un cuerpo de las fuerzas de seguridad, como si se hubiese creado el Grupo III de la Policía Judicial – Seguridad Vial Metropolitana para ellos.

Su función podría estar justificada, dado que en principio deberían vigilar para asegurar que un vehículo no esté ocupando constantemente un aparcamiento (para eso se pone un coste), pues lo que interesa en dicha zona (donde se ha puesto la zona azul) es que genere tránsito de personas. Solía estar justificada la zona azul por ser zona de comercio: cuanto menos tiempo esté un vehículo ocupando plaza, más posibilidades hay de que otros ocupen ese puesto y sus ocupantes hagan compras. Y ellos desarrollarían un trabajo tan digno como el que más. Y digo “solía” porque la zona azul abarca todo el municipio, salvo circunvalaciones y poco más alrededor hasta llegar al tercio del terreno. Bueno, para ser exactos, al menos otro tercio es zona residente, donde no puedes aparcar si no eres residente de la zona, claro.

Pero les dieron uniforme. No contaron con el efecto uniforme. Pasaron de ser trabajadores a uniformados. Empezaron a darse cuenta del respeto que da un uniforme, y del miedo a una multa, y de que ellos podían poner esa sanción. ¡Que sensación de poder tan grande! Tan sólo con apretar un botón se imprime de su arma un ticket como el de la frutería, pero con unos datos que te gustan menos. Todos firmados, parece, que por la misma persona, porque todas las firmas son exactamente iguales, la misma en realidad. ¡Y zas! de 30 a 80 eurazos según la localidad. Y les da igual que estés asistiendo a alguien que se haya desmayado y estés esperando a la ambulancia, que no puedas bajar de la oficina cada hora y cincuenta minutos o dos horas y quince minutos para echar monedas. ¡Es poder y la máquina les obliga como el anillo a Frodo Bolsón!

¿Y si no era mi coche? ¿Y si tenía ticket puesto y no lo ha visto? ¿Y si no llevaba ni 2 minutos parado? ¿Y si me han puesto la multa mientras estaba cambiando para sacar el ticket? ¿Y si…? Da igual, “rara avis” el que te atiende y anula la denuncia. ¿Y si recurro? Da igual también. El “excelentísimo” ayuntamiento de tu localidad, dada cuenta de que es una fuente de ingresos, no sólo no va a atender tu petición, ni a valorar la prueba que tengas. Ni siquiera va a respetar el procedimiento administrativo o las distintas sentencias del Tribunal Supremo que te darían a tí la razón y, por tanto, el Ayuntamiento debería anular el procedimiento (es más, deberían de saberlo y hacerlo antes de que tú tuvieses que solicitar dicha aplicación). Son ingresos ricos, sabrosos.

Sólo tienen que decir que “No” en su “Resuelvo” a tus peticiones, decir que la simple ratificación del agente O.R.A. tiene carácter de prueba indubitada según el Tribunal Supremo (M-E-N-T-I-R-A) y a no decirte el sistema de recursos (aunque el TS diga que si no lo hacen y dicen explícitamente el sistema de recursos, la razón al administrado). ¿Y si voy al Juzgado? Por lo general no irás, porque hay tasas, y preferirás terminar con eso cuanto antes. Pero si vas, dependiendo de qué Juzgado de toque, te darán la razón o no. Ahora les ha dado a algunos Juzgados por decir que el administrado debería saber exactamente que toca “tal” recurso en vía administrativa previo a la judicial, aunque la administración sólo haya indicado “o interponga el recurso que considere”, cosa harto prohibida por el Tribunal Supremo. ¿Y entonces si recurro? Otras tasas y a esperar a que el Tribunal Superior de Justicia resuelva dentro de un par de años mínimo.

Visto lo cual, con lo interesante que resulta para el ayuntamiento de tu localidad esos ingresos, la tranquilidad que le da a la Administración que se hayan impuesto unas amedrentadoras tasas para hacer valer tus derechos, y la falta de posibles de la mayor parte de los ciudadanos, hacen que esos particulares uniformados se encuentran totalmente protegidos.

Entonces, ¿quién no teme al O.R.A. feroz?

P.D. Por cierto, no es una crítica por animadversión o inquina. Voy siempre al trabajo andando y tengo mi coche en garaje. Todo lo aquí descrito son casos reales de clientes. Y son tan injustos como ciertos.

II P.D. Y tampoco son todos los agentes de la O.R.A. iguales, aunque sí todos los casos que a mi despacho han venido.

 

 

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