Con la prima de riesgo por las nubes, y nuestra economía por los suelos, ¿dónde estamos los demás?

En uno de esos incomprensibles arrebatos que nos dan cuando lo primero que oímos es récord histórico, acompañado de “deuda”, “prima de riesgo” o “caída de bolsa”, me he dado cuenta de lo desagradecido que soy, ¡que somos!, en general.

Puede no sea a lo que estamos acostumbrados, pero los gobiernos del mundo están consiguiendo que todos tengamos conciencia de la situación real, de cuáles deben ser nuestras preferencias vitales, y qué coño significa “prima de riesgo” y para qué me bombardean con la bolsa por aquí y el crédito por allá.

Sabemos que no estamos de acuerdo, que debía estar superado, que debía de enseñarse de otra forma, pero consideran que con el sistema de aprendizaje “la letra, con sangre entra”. ¡Pues está funcionando! Gracias a todas las decisiones que se están tomando, hemos aprendido no sólo economía, sino a querernos, a saber que podemos hacer que las cosas cambien, a ser un poco conscientes del poder de la masa, a comprender a los demás y a priorizar nuestras necesidades.

Que no? Pues miren:

– La mayor parte de la gente opina sobre economía, sobre la famosa prima de riesgo, la bolsa, intereses y la oportunidad de compra o venta de cualquier bien. “Pero eso ya lo hacía antes el español de a pie”, podrían decir. Sí, pero con una diferencia: el español de a pie, por primera vez, se ha informado y, también por primera vez, habla con conocimiento. Ya sabe qué es la prima de riesgo, qué pasa cuando la bolsa cae y qué significa que España venda deuda a un interés más alto. Por primera vez opina sobre si es conveniente o no comprar una casa, un coche o cosas de marca, ¡y no por la experiencia del vecino/primo/amigo!

– Pero ahí no acaba la cosa. Esta situación ha hecho que gente de todos los estamentos se aúnen en un pensamiento, en una línea ideológica. Hemos identificado una parte del problema (que ya es bastante) y hemos conseguido que empiecen a ser juzgados al menos una parte de los presuntos responsables. ¡El pueblo puede! No es poco darse cuenta de ello (gracias también a gente que se agrupó en su momento, como el movimiento 15M o Afectados por la Hipoteca, entre otros) y hacerlo ver. Realmente infunde miedo al gobernante que el pueblo sea consciente de su capacidad y poder.

– Hemos perdido el miedo al qué dirán, expresando en cualquier lugar y bien alto lo que pensamos: “Que se vayan a tomar por culo todos los políticos y sus amiguitos” “Los bancos son unos ladrones” y otros parabienes. Queda pendiente el actuar, pero vamos en camino.

– Nos hemos empezado a dar cuenta que el político sufre por su pellejo. Que podemos hacerle ver al político que nos damos cuenta de sus errores, que estamos dispuestos a perseguirle si nos intenta “robar”, “estafar” o “tocar los cojones”. El político ya sabe que lo podemos echar de ahí. Que podemos votar a quien no se lo esperan (no a los dos partidos típicos o a partidos nacionalistas). Que podemos cambiar esto y sin violencia, incluso sólo con la simple inactividad (no comprar, huelga, manifestaciones… por ejemplo). También está pendiente el actuar de una forma más consensuada y duradera en el tiempo.

– Nos hemos dado cuenta de que el funcionario también sufre, que hay funcionarios que no sólo trabajan, sino que lo hacen bien, que no cobran tanto como nos han hecho creer… También se ha confirmado que hay muchos “de más” coincidentes con amigos y conocidos de los de arriba y que, curiosamente, son los que cobran de más, trabajan de menos, no tienen preocupaciones por su puesto, familia, préstamos o reducciones.

– Que hay muchas más familias en la misma situación. Que todavía hay mineros, que trabajan en condiciones que ninguno estaríamos dispuesto, que se dejan su salud en pocos años para que no les dejen ni quejarse. Que tienen menos dinero mes a mes, menos posibilidades de tener un empleo, pero los mismos derechos. Ha hecho falta esta situación para que sepamos cuál es su situación, como la de los pescadores, ganaderos, agricultores…

– Nos hemos dado cuenta de cuáles son las prioridades. Y no son las que creíamos. No es tener una casa, un mejor coche o unas buenas vacaciones. Nos importa la salud, la educación de nuestros hijos, nos importa el precio de la comida o lo que va a subir el transporte para ir a trabajar (o a buscar empleo, vaya). Todo aquello que decíamos en el bar cuando no podíamos comprarnos el último teléfono. Ahora que nos lo están quitando (llámese recortar, ajustar…), es cuando realmente nos hemos dado cuenta de que esas conversaciones no estaban vacías de contenido. Lo que nos importa es lo que realmente nos están quitando. ¡Que quiten políticos y cargos, que quiten el fútbol y las olimpiadas! Pero no me quites las medicinas de mi bebé o la cama de hospital para mi madre, y menos  para pagarles a ellos, o para pagar a los bancos, o a sus directivos, o a los directivos que están imputados por delitos, entre otros.

En fin, que aún tenemos que dar gracias a los Gobiernos  por esta situación, por lo que conlleva. Gracias por abrirnos los ojos y hacernos ver cuál es nuestro sitio real. Gracias por hacernos ver que tenemos la capacidad y fuerza necesaria para cambiarlo todo cuando digamos. Ahora, eso sí, no vengan luego a decir que si nos hemos puesto así, o nos hemos puesto asá.

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