Malos tratos entre bambalinas

Estimados lectores, este tema de las agresiones a famosas por parte de sus parejas históricamente ha sido un tema tabú. Y entiendo que fue tan tabú porque la época se prestaba a ello… y la sociedad también, por cuanto no hace mucho y a pie de calle, si una mujer iba a un cuartel después de haber recibido una «soberana manta a hostias de su señor esposo» no pocos agentes le insistían en que se dejara de tonterías y volviera a su casa por mor de evitar empeorar la situación.

En el supuesto de famosos es mucho más flagrante, ya que iba a ser conocida dicha situación por todo el mundo, entre ellos sus «fans». «Fans» que, por otro lado, veían normal tal situación (baste recordar cierto anuncio protagonizado por un personaje famoso, de cierta bebida espirituosa que las mujeres de casa debían tener para cuando llegara su marido, y así no se enfadase con la misma) y ello repercutiría tanto en su imagen como en sus ingresos.

Esto es lo que se ha vivido, como he dicho antes, a pie de calle. Como también se ha vivido escuchar en un vecindario a una pareja discutir en plena noche muy acaloradamente, oír como han caído muebles al suelo, jaleo, gritos de «por favor déjame, no me pegues más»… y como nadie ha dicho y hecho NADA. Eso es algo que cualquier español normal de una determinada edad sí que ha vivido y puede recordar.

Afortunadamente entiendo que es algo superado ya, por cuanto cada vez es más habitual que sean los vecinos quienes avisen a la policía ante un probable episodio de violencia doméstica -algunas veces de manera infundada, todo hay que decirlo, con el único fin de dañar la imagen de ese vecino que tan mal le cae-. E incluso que un policía de paisano paseando a su perro en plena noche presencie un episodio e intervenga, no sólo para que acudan sus compañeros sino, por supuesto, al correspondiente juicio rápido en calidad de testigo, quiera la víctima continuar con su denuncia o no.

Por fortuna las mujeres podemos sentir que estamos más arropadas. Ahora bien, he de criticar con la mayor firmeza de la que pueda dotar a mis palabras esa doble moral tan dañina que aún existe, puesto que aún se escucha como quien, en una gran crisis de credulidad, se atreve a dudar de una denuncia, de una agresión o de las fotos de una agresión llevado por esa distancia que pone la tele y que hace que, a veces, no seamos conscientes de que quienes están al otro lado también son personas y que, se llamen como se llamen, les tengamos más o menos simpatía, si una pareja les golpea, las insulta y las amenaza es tan grave como si se lo hicieran a cualquier mujer de nuestro entorno, mereciendo el mismo reproche penal y social que si de unos vecinos se tratara, sin que (¡por favor!) deba importarnos quién ha sido el que ha usado la violencia. Llámese como se llame, es un presunto delincuente antes de sentencia, y después (si hay una sentencia condenatoria) será un agresor condenado, un maltratador, debiendo sufrir lo que cualquier otro agresor condenado sufre en una vida cotidiana, sin mayores ventajas ni inconvenientes pero, con rigor. El castigo debe ser el castigo ya que la ley aunque sea dura es la ley.

Con esto y con igual firmeza me siento en la misma obligación de insistir en que en no pocas ocasiones se ha utilizado este escabroso tema con asuntos de dudosa veracidad, y esto es igualmente intolerable. Es cierto que se han interpuesto muchas denuncias falsas. Esto es muy grave, tanto como un maltrato real, no sólo por el mecanismo que se pone en marcha con una denuncia por malos tratos, sino porque a un señor se le va a detener y se le va a señalar, pasa a ser un imputado por violencia de género exponiéndose a una condena penal, que además implicará orden de protección para la víctima, multa, trabajos en beneficio de la comunidad más la pena de prisión suspendida (o no, depende de sus antecedentes y otros criterios) con unos requisitos en los que ahora no ahondaremos. Da igual quién pueda aprovecharse de una situación así, no es el fin que buscan ley y justicia, y una condena injusta es igual de dañina que una absolución injusta. Nunca por nunca debemos prestarnos a este tipo de conductas.

No me gustaría terminar de dar estas pinceladas sin insistir en que para que un comportamiento sea calificado dentro del ámbito de la violencia no ha de ser exclusivamente físico, basta un insulto (por absurdo que pueda parecer), un menosprecio, una vejación,… Son mucho más habituales de lo que nos creemos, pero no por eso menos criticables o peligrosos. Cualquier hombre que pretenda someter a una mujer, y viceversa, con la que mantenga o haya mantenido una relación de afectividad tanto por un medio físico como verbal es igualmente un agresor susceptible de ser enjuiciado en el ámbito de la violencia de género.

Sobre esto hay mucho que decir, pero sin duda lo trataremos en otros números, porque uno sólo se queda demasiado escaso.

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