La presión de los medios

Vivimos rodeados de información. Información que obtenemos de diversas fuentes, buenas o malas. Son las usadas, y en la mayoría de casos nos dejamos llevar sin si quiera plantearnos de dónde viene toda esa información. Y es que, cuando vamos en el coche oímos la radio; cuando estamos en casa, vemos la televisión; y, si nos ponemos delante del ordenador, casi seguro que navegaremos y nuevamente tendremos acceso a contenidos. Entre todas estas actividades tan cotidianas nos formamos ideas de lo que pasa en nuestro entorno. Mayor o menor, dependiendo de nuestro modo de vida. Todo este conjunto de cosas hacen que nos formemos las opiniones que luego intercambiaremos en cualquier tipo de conversación. Y es justo en este punto donde ya emitimos una versión distorsionada, pues nuestras opiniones no han tenido una fundamentación en su gestación, cuanto menos mínima, para poder ser consideradas.

Todo esto se traduce básicamente en que no somos más que meras marionetas de la información que nos venden. Y nos la venden aunque nosotros no seamos conscientes de esa compra, porque no estamos pagando conscientemente por todo eso. Pero ya lo hacen otros por nosotros y no de manera altruista. Aquí recobra valor el viejo dicho popular: «nadie da duros a cuatro pesetas. Y es que, igual que aquel otro que decía algo así como que «no es oro todo lo que reluce, aún formando parte de nuestra cultura popular, la tenemos como un resquicio. Una curiosidad de nuestro pasado, pero francamente, como si no respondieran o hubieran respondido a una sociedad o a un momento histórico más o menos concreto. Un pueblo se debe a su pasado, a su historia. La cultura no es otra cosa que el conocimiento de uno mismo y de su entorno. Si ese entorno es mayor, también lo será su cultura. Esto no es otra cosa que una manera de verlo, tan válida como cualquier otra definición.

Ahora bien, ¿qué pasaría si nuestro entorno se reduce? Y ¿qué pasaría si ese entorno es tan reducido que se limita a nuestra vecina?

Lo único que pasaría es que escucharíamos a nuestra vecina como si de un viejo sabio se tratara. Se convertiría en nuestro canal de comunicación, de información. Si ella tiene A, es porque, nos explica, justifica y convence de que A es mejor. Pues este ejemplo, que resulta demasiado simple, es precisamente eso: algo demasiado simple. Pero ¿qué pasaría si nuestra vecina mantiene esa misma estrecha relación con cinco millones de personas? Y si, una vez dicho esto, ¿nos paramos a pensar si tenemos en nuestras vidas a una vecina a la que escuchamos, que nos informa (siempre por nuestro bien, se entiende), y que además se ha ganado nuestra confianza con el paso del tiempo? .Lo único que pasaría es que si esa vecina insiste en A, todos estaremos convencidos de A. Y si dice B, igualmente convencidos. Aunque nuestra vecina aún no está bautizada porque no le hemos puesto nombre, ¿que pasaría si la llamáramos medios de comunicación? Para unos vecinos radio, para otros televisión. Pues pasaría que todas estas personas que siguen a la vecina estarían convencidas de las mismas cosas y, por ende, podrían hacer que se les escuchara por todo lo largo y ancho de este mundo.

Esto es lo que por suerte o por desgracia, según el prisma, es el poder de los medios. Poder que a su vez se convierte en presión. Una presión mediática constante, incesante y golpeadora sin descanso de todas las conciencias que la escuchan o la ven. Precisamente por esa relación tan estrecha a la que hemos dado lugar, iremos todos a una. Si hay algo que nos dice vehementemente que no es justo, todos gritaremos a pulmón que no lo es, porque nuestra vecina así nos lo indica.

Por favor no dejemos nunca de fiscalizar las informaciones que recibimos y así emitiremos una opinión forjada debidamente y no la de otros que hablan por todas nuestras bocas.

Porque ante todo, ¿estamos siendo conscientes de la poda que están sufriendo nuestros sentidos? Posiblemente si, o al menos es lo que me gustaría pensar. Porque si hay algo que hace que nos desarrollemos es precisamente el conocimiento amplio y vasto, y es con ese con el que formamos un todo para todos. ¿No es entonces esto mucho más interesante que tener solo dos vecinas que nos digan cuándo comer, qué comprar, y cuándo hacer aguas mayores?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s